Sinvergüenza
En medio de un calor empalagoso, la multitud se congregó frente al patíbulo. Un grupo de soldados subió junto al verdugo a la plataforma, sus caras denotaban hastío por el ajusticiamiento, mientras que los acusados imploraban por sus vidas.
—Se los ruego, todo fue un malentendido —imploró un joven ahogado en su propia sangre.
—No queríamos provocar a su alteza, fue solo… una broma —declaró otro llorando con resignación.
Franz se ajustó la capucha e ignoró el escozor que le producía, apenas veía con claridad a través de los huecos. Con un ademán tosco se acercó a los tres imputados, tanteó las sogas ajustándolas como si fueran extensiones de una cascabel completamente domada.
Uno de los imputados lo miró con desdén:
—Ni siquiera eres capaz de dar la cara para mandarnos al infierno —replicó el anciano y escupió hacia el suelo—, ¿Cuántos muertos llevas? ¿Cien? ¿Doscientos?
El ejecutor estaba acostumbrado a ese tipo de diatribas, todos le lanzaban piedras e insultos, pero para él, era un mero trámite, aguardó y repitió para sus adentros: Solo soy un emisario.
—¡Te esperaremos en el infierno! ¡Cobarde! —gritó el hombre desafiándolo antes de partir.
—El infierno no existe, solo hago mi trabajo —comentó Franz poco convencido. Empujó otro par de almas hacia el purgatorio.
Franz cumplía las órdenes sin miramientos, siempre recitando para sí mismo cuando todo se torcía. La palabra del Rey era parte de un acto “disciplinario” para someter a los prisioneros de guerra y preservar el orden, de cierta manera sentía que su trabajo era exacto y seguro aunque no se sentía responsable, sino más bien, una clase de marioneta orquestada. El pueblo vitoreaba las muertes, y las consideraba parte de un sacrificio “divino” y necesario, hasta solían congregarse para observar las ejecuciones.
Sin embargo, a partir de la muerte de la Reina -tras un brote de cólera- y la enfermedad prolongada del príncipe, el Rey cambió radicalmente: ya no consideraba las atenciones como un símbolo de empatía, sino que las percibía como una señal de lástima; por lo que decidió actuar con mano dura. Primero subió más los impuestos -cobrando por eructar tirarse un pedo en público o traer un bebé al mundo sin ponerle un nombre similar al suyo-, luego limitó cualquier manifestación que lo cuestionara, no quería ser un chiste ni tampoco un mito. Así fue como los ciudadanos reemplazaron un “acto para el reino”, por un miedo en ascenso.
En medio de otra ejecución, Franz revisó a los imputados, convenciéndose que mientras fuera más eficiente, más rápido podría ahogar su conciencia; odiaba cómo se le habían pegado las palabras de un caído a la piel. ¿A cuántos había matado? ¿Se iría al infierno? Solo hacía su trabajo, el orgullo y la mirada en alto iba en detrimento.
Preparó la cuchilla inclinada de acero y ajustó el sistema de cuerda y polea. La audiencia ya no reaccionaba con la misma energía frente al ritual, sino que más bien cedía ante el pánico esparcido como pólvora.
—¡QUE SE CALLEN! ¡Estos impuros fueron encontrados robando comida! ¡Nadie está sobre la ley, nadie! —berreó el Rey con su cetro desde la plataforma—. Ahora tú, haz lo que te corresponde —ordenó la autoridad.
Uno de los imputados oró en voz baja, otro le dedicó sus últimas palabras a sus hijos entre el público, asegurándoles que todo estaría bien.
—Ojalá un día puedas expiar tus pecados, solo te manchas de la porquería de ese imbécil —indicó un joven petiso enrabiado a punto de morir.
La guillotina dejó una estela carmesí sobre las tablas, los llantos fueron en ascenso. Franz se quedó contemplando la escena incómodo, se sentía ajeno. Sabía que quienes agredieran al reino tenían que pagar, los enemigos del Rey eran harina de otro costal, incluso los que quebrantaran la ley, pero… ¿Si ahora no era un instrumento para imponer orden y si más bien estaba purgando al azar? ¿Cuántas muertes se acumulaban en su cuenta solo por dejarse llevar por los hilos?
Las tripas se le revolvieron como quien percibe más que una solitaria jugando, recordó otra época frente a las paredes de piedra cuando tuvo que comer roedores para saciar el hambre.
Esa noche, tras llegar totalmente ebrio al establo, se quedó contemplando a las cucarachas que rondaban cerca del heno, mareado y confundido decidió acercarse a sus huéspedes. Le asqueaban, pero a la vez, le parecían libres, ajenas a cualquier orden superior. En un gesto débil, alzó la mano derecha -aguardó un instante- y la batió sobre las cucarachas: una sustancia viscosa se le esparció a lo largo de la palma, sentía que tenía el poder, pero… ¿De qué servía? Se sentía ridículo, mudo e impotente.
A partir de aquel entonces, comenzaron las pesadillas: Durante la primera sintió que se quedaba atrapado debajo de las trampillas, nadando en un mar de cuerpos podridos y pegajosos. Las siguientes fueron una seguidilla de tormentos donde vio los rostros de los caídos: Se reían, se burlaban y conversaban con naturalidad, asegurando que irían por él. Franz solía despertarse con un frío rondándolo en los huesos, una sensación de indefensión que jamás había experimentado sin comprender a ciencia cierta qué había de diferente: Él solo aceleraba el camino a la muerte, era un símil de una enfermedad pero… ¿Por qué importaba ahora? Era natural lo que hacía, sin darse cuenta, la ira y el llanto solían embriagarlo y ahora, ya ni el alcohol podía nublarlo. No había nada de orgullo, solo un terror que lo escocía.
Cuatro cuervos fueron testigos de lo que ocurrió ese día en la horca. Un par de comerciantes esperaban en la fila sobre el patíbulo, imploraban por alguna clase de perdón, el Rey impartía un discurso absurdo sobre el régimen alimenticio que debían seguir: solo se podrían ingerir sabores y sensaciones que él como autoridad aprobara, todo lo demás debía ser quemado y perseguido.
Franz se subió a la plataforma con la mirada clavada a las tablillas, sus ojeras le surcaban los ojos hundiéndole el rostro. Un escalofrío lo recorrió al presenciar las reacciones de la gente al ver por primera vez su rostro descubierto.
—¡Cobarde de mierda! ¡Basura!
—¡Eres un engendro! ¡Maldito seas!
Los habitantes enfurecidos les arrojaron comida podrida y pedazos de basura, impactándolo no solo a él, sino también al Rey y a la Guardia Real.
—Mátalos, YA. Hazme el favor, no me interesa si quieres la atención, mátalos AHORA —ordenó el Rey—. ¡Ustedes capturen a los alborotadores! ¡Quiero todas sus cabezas en una pica!
El verdugo se movió erráticamente como si fuera un bufón que desconoce su acto. Tomó el hacha con un dejo impropio, las manos no le respondían. Tenía que representar la ley, era una extensión de la justicia, un instrumento del poder, pero a su vez, sin la capucha, quería solo consecuencias. Las náuseas lo dominaron por completo, no podía sostener el hacha que había esgrimido tantas veces, vomitó a lo largo de todo el patíbulo, una sensación de abotargamiento lo acorraló, no podía decir ningún tipo de mantra para callar la poca conciencia que ahora iba en ascenso.
Aprovechó los disturbios que había ocasionado el público y huyó embadurnado por frutas podridas y porquería, divisando a lo lejos cómo alguien más intentaba ejecutar a los impulsados: una mezcla de envidia y recelo lo acorraló.
Desde que cayó el sol hasta que se fraguaron las tinieblas, Franz remojó su alma en alcohol. Tambaleándose de un lado a otro, recorrió los rincones que conducían al establo. La luz de unas antorchas interrumpió con violencia en la oscuridad:
—Este es el maldito, ¡Agárrenlo!
—Déjenme golpearlo, se llevó a mi familia.
Llantos, gritos, risas e ira llenaron la calle, Franz recibió los embates: su piel pasó de un tono blanquecino a uno morado y oscuro, la sangre brotaba a mares; quería correr, pero a la vez apenas era una cucaracha. Suponía que era un ajuste de cuentas o un ciclo natural. Ya no quería almacenar más dolor, necesitaba dejar de mirar a la muerte a la ojos, no ser su profeta, sino más bien su comensal. Ya no seguía más órdenes.
Aunque le dolía, recibía cada golpe con ira y pena, era un símil simultáneo al sonido de una guillotina al caer, ¿Esto era expiar sus pecados o aún debía toparse con sus pesadillas?


